(Un artículo del profesor Manuel F. Trillo).- Pasó que- imaginemos- que yo mismo llego con un hombre con un infarto no terminal a un hospital. Supongamos que llamo a los bomberos, por supuesto nunca llamaría a una ambulancia, pues es sabido que un infarto de corazón puede ocasionar un incendio en la calle. Supongamos que ya está dentro del hospital y que como es un desconocido sin identificación alguna, porque es evidente que todos los infartados pierden la documentación o la tiran antes del infarto -no está bien visto que a uno le acusen de ser un enfermo de corazón, pierde caché en la tele- más aún si es un expreso de las cárceles españolas donde pasó 21 años; supuesto esto en el hospital nadie hace preguntas, nadie quiere hacer preguntas.
Supongamos que muere después de 15 días sin que se le hayan tomado muestras biológicas, o las simples huellas dactilares. Supongamos que al muerto no se le entierra después de muerto porque como no hay quien lo reclame lo meten en un frigorífico. Supongamos que los muertos hablaran y que el inmigrante africano hubiera muerto en las mismas circunstancias, le diría a Jon Anza: “claro, como tú eres vasco, pues al fresquito, y a mí que me zurzan”.
Supongamos que todos los no identificados se pasan años en los frigoríficos de los hospitales franceses y que después de diez años –tiempo que las legislaciones comparadas establecen para dar por desaparecido a un ser humano- se le entierra en tierra firme, nunca en cal viva. Los hospitales franceses tienen unas morgues de varias plantas y miles de frigoríficos donde se ubican a quienes se les llaman “zombies”
Supongamos que el hombre que yo vi en la calle enfermo estuviera desorientado y casi muerto, le robo la documentación, el dinero –menos unos 500 €, para despistar- , aunque sé que dejarle 500€ es un desperdicio del que se apropiará alguien en el largo trecho de su escasa vida. Supongamos que el hombre no habla nada, no pide socorro, y durante los 15 días en el hospital no dijo una sola palabra. Supongamos que debido a la gravedad de su estado estuviera en la UCI, allí mudo por su mortal estado, nada de identificación alguna, nada de nada. Supongamos que en Francia no hay policía, que no hay médicos, que no hay enfermeras, que no hay celadores, que no hay camilleros. Supongamos que no hay protocolos de enfermería y protocolos médicos. Supongamos que en Francia no se hacen historias clínicas.
Supongamos que el ministrillo de la gobernación española ya sabía que portaba 300.000 €. Supongamos que, además, ya le situaba en un país tropical –por ejemplo Venezuela- disfrutando tan respetable cantidad de dinero dilapidándolo en juergas nocturnas.
Supongamos que nunca existió Jon Anza. Que el preso vasco durante 21años en las cárceles españolas no fue más que un fantasma, un sueño, un invento de la izquierda vasca. Supongamos que no hay un cadáver en Toulouse. Supongamos que sólo hay un billete de tren de ida y vuelta. Supongamos que hay ropas del fallecido. Supongamos que un frigorífico no estuvo ocupado durante once meses por un cadáver, pues ya dijimos que sólo era una invención de los vascos insurgentes.
Supongamos que la historia es de esta manera tan creíble en tiempos de guerra sucia. Que fue abordado por la policía –francesa, española, o francoespañola, recuérdese el secuestro de Segundo Marey- y le mantuvieron durante once días bajo su poder. El encierro, las coacciones, las torturas, las amenazas con males mayores sobre su familia, la solución final:
1) se le suelta en la calle después de un sobredosis medicamentosa que le coloque en una situación terminal y ”ahí te quedas”.
2) nunca hubo un hombre en la calle que le viera, ni los bomberos acudieron a apagar tal fuego cardíaco, ni hubo un hospital, ni hubo once meses de frigorífico ni reproches del africano al vasco por el exquisito trato que le daban como muerto no identificado.
3) se le tortura tanto que se les muere y los mismos torturadores deciden esconderlo en un frigorífico industrial –“es más seguro que enterrarlo en cal viva como hicieron aquellos chapuzas con Lasa y Zabalza”- y ante la notoriedad que va adquiriendo la desaparición del cadáver por la insobornable condición de su familia, la trascendencia en Le Monde y en Liberation, se decide el traslado del congelado cadáver a la morgue del hospital. Entonces, ¡eureka!, una semana después de que los citados periódicos se interesaran por el destino de Jon Anza, un diligente funcionario francés encuentra el cadáver de un desconocido que identificó inmediatamente a pesar de no portar identificación. El vigilante de la morgue no había reparado en un cadáver que llevaba once meses, pero hete aquí que ante la presencia del funcionario –espontánea y súbitamente- recuerda que hay un cadáver que lleva once meses allí.
4) hay cinco situaciones más, pero que cada cual la vaya exponiendo según su imaginación. Nunca se alejará demasiado de la realidad.
Supongamos que este es el guión de una película serie B, esas que entretienen después de la cena, y que nadie cree que tales situaciones pudieran darse.
Después de tantas suposiciones –necesarias en un Estado en que se persigue a sangre y fuego a quien discrepe con el ministrillo que ya conoció desde el Gobierno en los años 80 cómo se hace guerra sucia- lo cierto es que hay un hombre que se llamaba Jon Anza. Que no fue un fantasma, sino un preso durante 21años. Que tuvo que exiliarse después de su excarcelación al País Vasco del Norte. Que aparece once meses después de su muerte en un frigorífico. Que no dejan al médico de la familia personarse en la autopsia. Que no permiten a sus allegados ver el cadáver. Que la Fiscal del caso resopla como una mula cuando se le hacen preguntas. Que los que le vieron morir aún están vivos y callan.
Ya no preguntamos ¡Dónde está Jon! (Non da Jon), sino que pregunto desde los presupuestos jurídicos de un supuesto Estado de Derecho: ¿quién mató a Jon? Las preguntas son propias de un fiscal al servicio de un auténtico Estado de Derecho. ¿Quién estaba a su lado el día de su muerte? ¿Se están arreglando y fabricando los papeles necesarios que den apariencia de muerte natural sin intervención ajena? ¿Quién fue el último médico que vio a Jon Anza con vida? ¿Quién la última enfermera y cómo se llama?.
Comienza ahora el viacrucis para la familia, sumando más grados al que ya venían padeciendo. Y se extiende sobre el mapa de Europa la peste de la inseguridad jurídica ( y luego quieren dar lecciones a los países africanos).











Comentarios
Como un espejo nos devuelve la imagen de una Europa esclava de sus propias mentiras. Ni se sabe nada ni se sabrá. Sólo habrá miseria a raudales. Se siembra por doquier. Y el espejismo les hará creer a tanto pobre desgraciado que algunos pueden vivir en el Paraíiso.
MUERE UN MANIFESTANTE POR
DISPAROS AL AIRE DE LAS FUERZAS DE ORDEN
PUBLICO.-
Todas las hipotisis imaginarias que en este magistral trabajo nos plantea Manuel F. Trillo serían pruebas concluyentes para condenar a los Rubalcaba y los compas del norte. Pero nos falta un pero fundamental y básico, ellos si están organizados como clase dominante, nosotros los Jones sometidos no lo estamos y así nos va.
No puedo dejar de pensar, que se ha llegado a tal extremo que con estos gobiernos tan "eurodemocrático s" puedan darse este tipo de explicaciones.
No puedo dejar de pensar que le está sucediendo a este pueblo que acepta todo lo que le pongan enfrente.
¿Pero que sucede?, ¿nos h ...emos vuelto idiotas?.
¿Quien te mató Jon? ¿Dónde están tus asesinos?. (Nos lo podemos imaginar)
Por lo que se observa estamos viviendo "El Mundo Feliz" de Huxley, en la que tod@s somos Betas y Epsilones. Ni siquiera necesitamos servilmente del "Soma", para no pensar.
Joder que tristeza, no hemos aprendido nada, absolutamente nada, es más todo lo poco que habíamos podido aprender "estos", los Alpha se están encargando de evaporarlo.
De nuevo vuelven los "tiros al aire" y como resultado mueren personas como en aquellos tiempos grises del pasado.
No me cabe la menor duda, nos pretenden transformar y tomar por imbéciles.
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Gora JON.
Solidaridad para con su familia.
Intxaurrondo barrio rebelde, adelante.
Osasuna eta askatasuna.
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