I
Vive obsesionado en cómo va la bolsa de valores. Cada tarde comprueba el devenir del capitalismo especulativo, de la renta variable, como la llaman. Sostiene que si la bolsa se hunde, a su empresa le pasará lo propio y esto significará que lo echen a la calle, que se quede sin trabajo, y el sólo pensarlo le entran sudores (fríos, calientes y tibios). Le sugiero que, si llegase el caso, podría haber otras formas de organizarse y tener un empleo, que a lo mejor es cuestión de una lucha conjunta, de todos los trabajadores. No quiere saber nada, dice que tiene tres hijos pequeños, que no tiene tiempo para devaneos teóricos, que necesita ese empleo sí o sí, y que él bastante tiene con votar a la izquierda como para que encima le pidan participar.
II
Fue el primero en renunciar a la media hora de descanso. Lo hizo con excusa, diciendo que tenía mucho trabajo acumulado. Los dos primeros días, sus compañeros no hablaban de otra cosa, se especuló con un discusión con un compañero reaccionario semanas a, con problemas de salud, con una situación familiar muy delicada…. Pero no, era miedo. Miedo a perder el empleo. Sus compañeros se lo reprocharon pero, poco a poco, fueron haciendo lo propio, bajando cada vez menos a la sala donde compartían un café de máquina a media mañana. Si había despidos, el que no bajara tendría más opciones de quedarse, pensaron todos.
III
De 7 a 8 ayuda a descargar mercancía en la Frutería del barrio. De 8.15 a 9.30 reparte un diario gratuito en la puerta de un Centro Comercial, de 9.30 a 10.15 viaja en el metro a la otra punta de la ciudad. De 10.30 a 13 trabaja de peluquero. De 13.10 a 17 limpia platos en un restaurante (y come algo, escondido en el wáter). De 17.10 a 21 vende peines, alfileres y cosas de costuras a los viandantes, con extrema precaución porque la policía local ya le ha llevado seis veces la mercadería. Sus ingresos oscilan entre 800 y 900 euros al mes. No cotiza en ningún sitio, no tiene derecho enfermarse y así seis días a la semana. El domingo vende ropa china en un mercadillo y apoya a un clown amigo en un parque. Paga 250 euros de alquiler por una habitación en un apartamento de 48 metros cuadrados compartidos con otras seis personas, y envía 200 euros al mes a Birmania, donde su familia espera con ansiedad el dinero. Un grupo de jóvenes pasa junto a él y se mofan, le gritan “vete a tu país”. No tiene tiempo a responder, su cabeza está en el restaurante donde trabaja, sabe que si se cumplen los rumores y lo echan, va de cabeza a un comedor social.
IV
Estudió, opositó, luchó, pero no triunfó. No puede llegar a fin de mes y anda pidiendo dinero a los amigos. La culpa la tiene él, él y sólo él, porque otra gente que estudió con él sí han triunfado, sí tienen un trabajo más o menos digno, sí pueden pagar una hipoteca, si una letra para el coche. Pero él no. Y encima la separación de su mujer, con la que compartía los gastos básicos. Está hundido. Ha pensado en emigrar, en suicidarse, en un atraco, en echar mil currículos… . Un amigo le sugiere organizarse junto a otras personas que tienen los mismos problemas pero, al igual que el del primer relato, lo descarta. Piensa que nada ni nadie le va a traer mejoras en su vida, que su madre le aconsejó siempre que no se metiera en política y, sobre todo, que con la mala suerte que tiene, es capaz de contagiar de desazón la causa más noble.
V
Hacía lo menos trescientos domingos que no iba a un kiosco a comprar un periódico. Perdió el hábito y luego la información la encontró en internet.
Le dice al quiosquero que le dé un diario.
- ¿Cuál?
- Uno de izquierdas.
- Ah, de izquierdas tengo El País y Público.
- No, le digo en serio, uno de izquierdas.
- Mire, los dos de izquierdas que tengo son esos.
- No, me refiero a uno de izquierdas de verdad.
- Oiga, ¿me permite una pregunta?
- Sí, claro.
- ¿Usted cuánto hace que no compra un diario?
- Uf, mucho, pero sé que esos dos no son de izquierdas.
- Es que este país ha cambiado mucho, la izquierda es ahora eso.
- ¿Entonces?
- Está feo que se lo diga yo porque va contra mis intereses, pero lo que usted busca no se vende en un quiosco. Al menos en este país.
VI
Firmó que se iba de vacaciones y era mentira.
Firmó que cobró las dos pagas extraordinarias y era mentira.
Firmó un aumento de sueldo y era mentira.
Firmó una excedencia de dos meses y era mentira.
Firmó la concesión de una ayuda a los estudios de sus hijos y era mentira.
Firmó que la empresa le respetaba todos sus derechos como trabajador y era mentira.
Firmó varias hojas diciendo que entendía y aprobaba su contenido y era mentira.
Lo sabe, no son tiempos para mirar que hay arriba de dónde pone uno la firma. Además, en el propio sindicato le han augurado que ya vendrán tiempos mejores, que no se preocupe, pero sabe que también es mentira.
VII
No encuentra ni consuelo ni la forma de romper el muro. Lleva casi treinta años batallando en lo que queda de las que fueran pujantes asociaciones y colectivos barriales-, y constatando como la gente vota una y otra vez al corrupto, a un millonario residente en la zona más acaudalada de la ciudad que jamás ha aparecido por este barrio. No importa que al personaje se le descubran todo tipo de acciones mafiosas y delictivas, siempre tiene votos obreros. Su tesis es que con la crisis mucha gente se ha visto abocada a pequeñas infracciones para sobrevivir, y una forma de no tener problemas es poniendo al mayor de los corruptos en una poltrona.
VIII
Vio la situación de su familia, vio el poco futuro que le aguardaba y emigró a la capital, donde la vida sería mejor, le decían.
Allí hizo de todo pero apenas pudo sobrevivir, vio que la situación de su familia no mejoraba, vio el mismo futuro que en su pueblo y emigró en un barco mercante a Lisboa.
Allí hizo de todo pero no dio con la manera de vivir mejor y enviar dinero a su gente y emigró a Austria donde tendría más opciones, le dijeron.
Allí vio, al cabo de los meses, que seguiría siendo negro, pobre y que no tendría jamás opciones.
Ahora, sentado en Karlsplatz, hace balance de los últimos seis años, desde que salió de su pueblo camerunés y sabe, en lo más profundo, que no mereció la pena, que en ese tiempo murieron su padre, su madre y que no pudo disfrutar de sus últimas miradas ni de la caricia de sus manos.
Lo engañaron, busca culpables.
IX
Los hechos jamás publicados ocurrieron más o menos así. Unos doscientos nazis, de entre 15 y 23 años, tomaron un barrio de la periferia de Viena. Fueron puerta por puerta sacando a los emigrantes y alineándolos en la calle como si de una ejecución masiva se tratara. No los detuvo el llanto de los niños, ni los gritos de las mujeres, ni la ira de los trabajadores que volvían a esa hora, ni mucho menos la pasividad de la polizei asentada y riéndose a pocos metros del lugar. Hubo algunos jóvenes vieneses antifascistas que tiraron botellas, macetas, gritaron consignas y pelearon lo que pudieron hasta que también cayeron en manos de los nazis y su simulacro de exterminio. Cuando se retiraron los nazis riéndose a carcajadas y con botellas de alcohol en el cerebro y en las manos, el barrio se fue recomponiendo. A los pocos días los emigrantes quisieron homenajear a su manera a los jóvenes austriacos que lucharon junto a ellos. Les ofrecieron lo que tenían: una tertulia en sus casas, comidas hechas con cariño, música e incluso un nuevo pasaporte.
X
La cara de la funcionaria de la Oficina de Empleo, mientras tecleaba en la computadora, iba diciéndolo todo: no tenía una sola oferta de trabajo ni derecho a cobrar prestación alguna. El hombre buscó su complicidad y dijo algo simple: ¿entonces qué hago? La funcionaria encogió los hombros, más por no saber qué decir que por indiferencia. Cuando el hombre percibió que no había nada que hacer, se levantó de la silla y se sintió como mareado, aturdido, buscó la claridad de la puerta y salió a la calle, pero la ira ya era incontenible. Con los ojos desorbitados, fue cerrando los puños hasta que en la fila de parados vio a un hombre negro y se tiró a por él. Le pegó con una violencia inusitada, nadie parecía poder separarlo, de su boca se escuchaba: “él es el culpable, él es el culpable”, hasta que cayó vencido y llorando junto al desempleado agredido.









