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Julio Anguita

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Rafael Narbona

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González Tejera, Francisco

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Iñaki Urdanibia

Lunes, 14 Abril 2014 17:19
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La verdadera transición política consistió en lo siguiente: en que el Estado no dejó de ser franquista pero la oposición sí dejó de ser antifranquista.

La muerte de Adolfo Suárez ha devuelto al primer plano a la transición por enésima vez, como los naufragios arrojan a la playa los restos de un viejo barco que se ha ido a pique. Ha sido otra lección de idealismo histórico, un desfile de los famosos personajes que la hicieron posible, es decir, de los que hicieron lo imposible porque todo siguiera igual. Para ello lo cambiaron todo. Ha ocurrido como en esos pogramas de la tele en los que te reforman tu casa de arriba abajo. Cuando vuelves a entrar en ella ya no parece tu casa, pero en realidad sí es tu casa, sigue siendo tu casa, es la misma casa. Pues alguno sigue sin enterarse.

Con Suárez ha pasado como con Franco. Exactamente igual. Los reportajes no han tratado sobre su muerte -que sólo interesa a su familia- sino sobre su vida, bien entendido que se trata sólo de su vida política, de Suárez como “personalidad”, aunque no tuviera ninguna personalidad, ya que se trataba de una marioneta cuyos hilos movían los militares fascistas.

La muerte de Franco resultó oportuna porque el régimen que se inició en 1939 fue “su régimen”, el franquismo, y los reformistas domesticados de aquella época -como los de hoy- se pasaron años especulando acerca de lo que podría ocurrir cuando Franco muriera porque -como bien sabe el idealismo histórico- los asuntos políticos son consecuencia de la naturaleza humana, de la vida y de la muerte y, por lo tanto, el franquismo dependía de la vida de Franco, de su estado salud. Por eso en 1974 su postrera enfermedad les puso a todos en vilo. El futuro de España dependía de una flebitis.

La transición empieza al año siguiente con la muerte de Franco, igual que el tiempo y la historia se empiezan a contar con Jesucristo. Hay una época antes de él que viene explicada en el Antiguo Testamento, y hay otra después, el Nuevo Testamento. Todo acaba y empieza con la vida y la muerte de alguien. Nada de modos de producción ni cosas parecidas. Lo que separa a una época histórica de otra son grandes personajes históricos, como Jesucisto o Franco. El franquismo era imposible e impensable con Franco muerto porque se trataba de una dictadura personalista, lo mismo que el cristianismo es una religión que ronda en torno a la vida y milagros de Cristo.

¿Es esto una estupidez? En efecto, lo es. Luego también es otra auténtica estupidez creer que la transición empezó en 1975 porque Franco se murió por culpa de una flebitis. ¿Cómo acabar con la estupidez histórica? Podemos empezar por enunciar dos preguntas. La primera es por qué empezó la transición y la segunda es cuándo empezó.

La lucha de clases es el motor de la historia y, por lo tanto, también de los cambios que se producen en los Estados, cualesquiera que sean. Los Estados cambian porque cambian las clases y las luchas de clases, interna e internacionalmente, se puede decir que casi continuamente. Son el antígeno y el anticuerpo del sistema inmunitario: uno es el espejo del otro. Lo que no es tan conocido es que los cambios de un Estado no llegan después de la lucha de clases sino que se preparan para ella, es decir, que son anteriores a los choques entre ellas.

El Estado franquista no fue una excepción, sino que también fue cambiando en vida de Franco, hasta el punto de que adelantó sus propios funerales, todo con el único fin de subsistir, de mantenerse y de sucederse a sí mismo. Los cambios más importantes fueron cuatro, que voy a enumerar sucintamente. Todos ellos tienen en común que fueron acometidos por el Ministerio de la Presidencia (hoy desaparecido) que dirigía el almirante Carrero Blanco.

El primer cambio fue una profunda reforma burocrática que acometió el régimen en los años cincuenta, durante los cuales cambió radicalmente el funcionamiento de todas y cada uno de las instituciones públicas, que daban síntomas evidentes de obsolescencia desde hacía mucho tiempo. Sin este cambio el régimen no hubiera podido emprender ningún otro.

El segundo fue el Plan de Estabilización de 1959 que acabó con la autarquía económica, incorporó a España plenamente a los mercados internacionales e inició los planes de desarrollo de los años sesenta que transformaron España de arriba abajo en un país de capitalismo monopolista de Estado.

El tercero fue el típico cambio que anticipaba los acontecimientos antes de que se produjeran: en 1969 Franco nombró a Juan Carlos como su sucesor a título de rey saltándose la línea dinástica. El príncipe heredero no sucedía a su padre sino a Franco. Esta monarquía empieza con Franco y se convierte en una pieza tan importante del franquismo como el propio Franco, hasta el punto de que el rey también sucede a Franco al frente del Ejército fascista, verdadero pilar del régimen. El rey aseguraba la continiuidad del franquismo para cuando Franco muriera. La monarquía es el franquismo sin Franco.

El cuarto fue la reforma política, como se la llamó entonces, o sea, la transición en sentido estricto. Se acometió como consecuencia de un crecimiento de la lucha de clases, que aisló y puso al régimen contra las cuerdas. El operativo consistió en cambiar el decorado, lo cual aún tiene a más de uno despistado: primero les hicieron creer que el régimen franquista era de partido único y luego bastó añadir algún partido más para que pareciera otra cosa.

Puro ilusionismo, magia política. La candidez de algunos era tan pasmante que bastó cambiar de gobierno para hacerles creer que en realidad lo que había cambiado era el Estado.

La verdadera transición política consistió en lo siguiente: en que el Estado no dejó de ser franquista pero la oposición sí dejó de ser antifranquista. Y lo que es peor: seguimos exactamente igual que entonces. Los que dicen ser la oposición no son antifascistas -dicen- porque eso ha dejado de ser necesario. Ya estamos en una democracia burguesa.

Sábado, 12 Abril 2014 09:54
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Uno de los problemas de la izquierda parlamentaria española es que funciona a golpe de telediario. Podría cambiar la hoz y el martillo por una cámara y un micrófono, mucho más representativos de quienes marcan su agenda programática que los viejos y gloriosos aperos. Lo sucedido estos días en Sevilla es un ejemplo paradigmático de lo que decimos.

La cohabitación dentro de Izquierda Unida del PCE (como partido hegemónico) y la díscola CUT (alma máter del SAT) es una contradicción histórica, un contencioso subclínico que sigue sin resolverse después de 28 años, y esa enquistada dualidad está detrás de la crisis abierta en el Gobierno de la Junta de Andalucía, bipartito donde los haya.

El alevoso desalojamiento de la Corrala Utopía impelió a Diego Cañamero, portavoz del nacionalista Sindicato Andaluz de Trabajadores, a defender in situ el derecho constitucional a una vivienda digna de las 22 familias privadas de techo exigiendo una solución efectiva al problema creado, lo que, dada la popularidad del personaje, convirtió el lanzamiento (uno de tantos) en un asunto de interés mediático estatal, provocando que todos los ojos se volvieran hacia Elena Cortés Jiménez y Amanda Meyer Hidalgo, consejera de Fomento y Vivienda, y secretaria general de Vivienda y Rehabilitación, respectivamente, ambas destacadas dirigentes del PCE.

Como diría Antonio Machado, otro ilustre andaluz, Cañamero es un hombre bueno en el buen sentido de la palabra. Pero Diego no es un político al uso, es un urgenciólogo que actúa con el tradicional estilo “inmediatista” del SOC en el que se curtió como dirigente jornalero, que el pan para hoy puede ser o no hambre para mañana, pero es pan para hoy y mañana será otro día.

Total, que en plena precampaña de unas elecciones lejanas para los españoles, pero muy importantes para una Izquierda Unida que pesca en río revuelto, los socios de Susana Díaz decidieron quedar bien con su público objetivo, tan necesitado de gestos izquierdistas, y realojar in extremis a las personas afectadas. Seguro que lo hicieron con muy buena intención, pero lo hicieron mal.

Puede que, formalmente, tenga razón el PSOE al criticar el método empleado para la adjudicación de las viviendas, pues no parece razonable postergar a otros peticionarios con más antigüedad en favor de los ahora beneficiados, pero, tras 35 años gobernando, el PSOE no es el más indicado para hablar y, además, la cuestión es otra: ¿por qué no se ha solucionado un problema de esta magnitud en los dos años que lleva IU al frente del negociado de Vivienda? Procrastinar es una costumbre muy arraigada en los políticos del reino borbónico. Recuerden aquel pueblo con un puente sobre el río y una única barandilla; preguntado su alcalde por el motivo, respondió que por el lado sin protección aún no se había caído nadie.

A los dirigentes de Izquierda Unida les iría pintiparado un curso intensivo de asertividad para aprender de una vez por todas que satisfacer a todo el mundo es misión imposible, y ya de paso, un máster en valentía, fortaleza y decisión para que se atrevan a afrontar a tiempo situaciones conflictivas venideras evitando su putrefacción. ¿Tan difícil es ser de izquierda y parecerlo?

EDITORIAL

Sábado, 12 Abril 2014 00:09
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Rafael Cid

Jueves, 10 Abril 2014 10:42
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