Insurgente.org. El diario de izquierdas en internet

Gramsci tomó de R. Rolland el apotegma de que «la verdad siempre es revolucionaria». Con esta frase se nos presentan, cuanto menos, tres debates fundamentales: uno, ¿qué es la verdad?; otro, ¿por qué siempre es revolucionaria?; y, por último, ¿qué importancia tiene esta reflexión en las actuales condiciones? Hemos definido como apotegma a esta frase, cuando en realidad es más que eso, es un principio elemental de la teoría marxista del conocimiento, y de su ética inherente. R. Rolland fue premio Nobel de literatura en 1915, inicialmente influenciado por Nietzsche avanzó pronto a un socialismo democrático y pacifista que no le impidió reconocer la importancia de la revolución bolchevique de 1917. Sin entrar ahora en el debate sobre la ética neokantiana de R. Rolland y de su romanticismo de clase rica, sí hay que decir que su frase da en el centro del problema de la verdad. 

Problema siempre decisivo, pero más ahora mismo en Euskal Herria, en donde está costando mucho volver a recuperar la antaño potente práctica colectiva de producción de verdad, mientras que todavía resiste y en ciertos niveles incluso se fortalece la normalización ideológica, es decir, la aceptación acrítica de componentes de la ideología burguesa rechazados explícitamente hasta no hace mucho. Como veremos, en sectores de la izquierda abertzale clásica, histórica, ha penetrado desde hace un tiempo una de las tres formas habituales de no producir verdad, siendo las otras dos sendas corrientes generales de la ideología burguesa en cuanto tal: la abiertamente reaccionaria y la supuestamente progresista, pero en su esencia última, verdad e ideología son opuestas. Empecemos desde el principio. 

¿Por qué la verdad es un problema? Porque nos descubre sin tapujos, crudamente, lo radical de las cosas. Lenin dijo una vez que hay que ser tan radical como radical es la realidad. O dicho de otro modo, para superar la explotación hay que conocerla, o sin teoría revolucionaria no hay práctica revolucionaria. El concepto de verdad es crucial tanto en su faceta de necesidad de la verdad, como en la de la verdad como praxis revolucionaria. Dicho muy esencialmente, la verdad es la concordancia entre la materia en cambio y la acción humana, o si se quiere, es el reflejo lo más exacto posible de las contradicciones de lo real en el pensamiento, reflejo que mediante la acción no solo transforma lo real sino que, sobre todo, crea, construye, produce otras cosas reales que antes no existían y que son cosas verdaderas. La verdad siempre es concreta y objetiva porque relaciona dialécticamente lo absoluto con lo relativo. Es por esto que la verdad es la libertad en proceso de sí misma, la libertad como superación consciente de la necesidad y de la opresión. Dado que el método científico-crítico de pensamiento es una fuerza revolucionaria que choca con el dogma y la sumisión, por eso mismo también lo es la verdad que surge de ese método. 

Contra esta teoría de la verdad, la marxista, se oponen las múltiples corrientes de la ideología burguesa que aquí podemos dividir en dos grandes bloques: uno, el más reaccionario que no vamos a desarrollar ahora; y, otro, el «progresista». De una u otra forma, ambos suprimen o niegan el criterio básico de que la verdad puede conocer y transformar lo real. Hablamos de ideología burguesa, no de método de pensamiento científico aplicado contradictoria y muy limitadamente por la tecnociencia como fuerza productiva inserta en el capital constante y vital para lograr la máxima productividad posible de la explotación de la fuerza de trabajo. El choque entre el potencial liberador del pensamiento racional y la ideología mercantilista del máximo beneficio en el menor tiempo posible y sin reparar en los desastres posteriores, este choque lo sufrimos ya en todas las facetas de nuestra malvivencia. 

La versión «progresista» de la ideología burguesa nos bombardea con tópicos como el de que existen tantas «verdades» como «realidades diferentes», ya que «todo depende del color del cristal con que se mira», lo que unido al «fin de la historia» y de los «grandes relatos», al fin de la «visión totalizante» del materialismo histórico como consecuencia del «fracaso del comunismo», debido a esto, «es sabido» que la «sociedad plural» está multidividida, fragmentada y dispersa, lo que requiere y a la vez genera múltiples conocimientos dispersos y fragmentarios relacionados «fronterizamente» con «discursos y miradas transversales». De aquí se desprende que al no existir una totalidad objetiva estructurada sobre bases con unidad esencial preñada de contradicciones internas que se expresan en múltiples formas externas pero coherentes con su base unitaria, o si se quiere, al no ser válidos los conceptos de modo de producción y de formación económico-social, entonces ocurre que vivimos en un calidoscopio multicolor e informe en el que flotan a la deriva de manera incoherente tantas «realidades» como se desee enumerar. La conclusión política es clara: la teoría ya no tiene función alguna, o si la tiene es mínima, porque se trata de hacer mensajes amplios, generales, con poca concreción para que puedan atraer e incluir a cuantos «sujetos» pudiesen existir. 

El papel de la casta intelectual es muy importante en el (re)surgimiento de estas tesis, pero aún es más importante el de las direcciones políticas, aunque a veces es muy difícil separarlas totalmente por los estrechos lazos que llegan a establecer en la política reformista. Dicho a grandes rasgos, las direcciones políticas que derivan al reformismo necesitan de un sustento ideológico preciso que rellene los vacíos dejados por la verdad teórica en retroceso: la casta intelectual es la más apta para esa tarea. Por un lado, al ir desapareciendo el riesgo represivo su sueldo y su calidad de vida van quedando aseguradas, lo que es muy importante para esta gente. Por otro lado, al ser aceptados e incluso llamados por las direcciones políticas que antes les criticaban por su reformismo, se ven reconfortados en su narcisismo. Por último, lo anterior acelera el proceso de aceptación por parte de la industria político-cultural burguesa, que antes los ninguneaba y que ahora puede llamarlos al «altar de la democracia»: la televisión y la prensa. Se produce así una simbiosis entre las direcciones políticas que giran al reformismo y la intelectualidad reformista que mejora sus condiciones salariales. 

Las izquierdas vienen debatiendo la natural propensión de los intelectuales al reformismo desde mediados del siglo XIX: es una tendencia lógica que se refuerza en las fases de retroceso y derrota de la lucha revolucionaria, pero que puede girar relativamente a la izquierda en las fases de ascenso. La cooptación de las mentes potencialmente más capacitadas fue un método de la Iglesia durante la Edad Media, tal como afirmó Marx. Luego, el capitalismo desarrolló mecanismos mucho más efectivos -entre ellos el culto descarado al narcisismo individualista dependiente del dinero y centrado en la supuesta superioridad del trabajo intelectual sobre el físico-, en la domesticación de la especie humana. La industria cultural es uno de los medios de integración más eficaces, unida a la industria del espectáculo y al aparato académico y universitario. 

La mercantilización del saber inherente al capitalismo se incrementa en algunas naciones oprimidas, como en Euskal Herria, por otras dos razones: una, porque las burguesías regionalistas y autonomistas están muy interesadas y necesitadas, en legitimar sus diversos proyectos sociopolíticos para lo que recurren a la asalarización de intelectuales directa o indirecta, vía ayudas privadas, empresariales y subvenciones públicas, y a la compra de políticos exrevolucionarios; y otra, porque los Estados ocupantes también sufren la misma necesidad, sobre todo cuando su larga guerra cultural contra la identidad vasca choca una y otra vez con la cualitativa diferencia lingüística y con una decidida estrategia popular de (re)construcción de la identidad colectiva en base a sus componentes comunitarios y progresistas internos. Los Estados ocupantes recurren a diversos tipos de colaboracionistas intelectuales según sus necesidades tácticas y/o estratégicas, práctica que no podemos estudiar ahora. 

Además de la asalarización de los intelectuales el sistema burgués integra a buena parte de las direcciones políticas «progresistas» mediante métodos específicos -anodina «normalidad social», rutina parlamentaria e institucional, cooptación, corrupción y nepotismo, ficción democrática que oculta la realidad de la explotación, sensación de agotamiento de la vía revolucionaria tras años de lucha que aparentemente no ha logrado nada cualitativo, efectos desmoralizadores y atemorizantes de la represión sostenida, selectiva y generalizada, etcétera-, de manera que, con el tiempo, va generalizándose un «clima de normalidad» que refuerza al poder. Hemos analizado en otros textos -¿Qué puede aportarnos el «¿Qué hacer?» de Lenin?; Lenin, Txabi, Argala, la actualidad del V Biltzar, y ¿Acepta EH Bildu la represión «proporcionada»?- las especiales condiciones vascas que explican por qué se ha ralentizado mucho la producción de verdad por parte del independentismo socialista, estancándose totalmente incluso en determinadas áreas suyas. La situación empeora cuando pasamos de la izquierda abertzale histórica a la alianza formada con el soberanismo reformista de EH Bildu y Amaiur.

Debemos partir de aquí para comprender el retroceso de la capacidad de producir verdad que se está padeciendo en el bloque soberanista e independentista vasco. Para aclarar lo que sigue, debemos preguntarnos ¿qué es producción de verdad? Es mantener el enriquecimiento teórico al mismo ritmo que el movimiento de las contradicciones sociales. Si lo real se mueve, el pensamiento ha de moverse a la velocidad de lo real, y si lo real es contradictorio, el pensamiento ha de ser la conciencia crítica de esa contradicción. Dicho en negativo: la teoría se paraliza y deja de producir verdad cuando se anquilosa porque, por el contrario, nunca se detiene el movimiento de las contradicciones reales, avance que anula la verdad estática devenida en dogma inservible. Lo real se mueve, el pensamiento se estanca: la distancia entre uno y otro aumenta, y ese vacío creciente entre la realidad nueva y la vieja teoría es llenado por ofertas ideológicas de la clase dominante que van desde un reformismo abierto y radical, en apariencia, hasta el más diminuto bloque pétreo de autoritarismo compacto. Hemos dicho antes que, vistos en su esencia básica, verdad e ideología son antagónicas. Ahora decimos que cuando la teoría revolucionaria, la verdad crítica que descubre las contradicciones irresolubles del capitalismo, no cumple su tarea, entonces la ideología termina ocupando su sitio. 

Si leemos los más recientes documentos oficiales del bloque soberanista-independentista vemos que se caracterizan por la ausencia, o en todo caso por la extrema debilidad, de un desarrollo teórico y conceptual sistemático: Carta de Derechos Sociales de Euskal Herria; EH Bildu: 150 medidas para hacer frente al paro y a la pobreza; Manifiesto de la candidatura para las Elecciones al Parlamento Europeo: Los Pueblos Deciden; y Euskal Herria Bidean. Hemos excluido de este listado una extensa lista de entrevistas, artículos y opiniones personales, algunas editadas en forma de libritos ampliamente promocionados, que siguen la misma tónica, incluida la demagogia sobre una especie de «soberanismo empresarial» o las estrambóticas divagaciones de un representante del Estado: Egiguren. También excluimos los contenidos de otros medios de prensa, y del portal electrónico de Sortu, pero no los documentos recientemente presentados para «debate» sobre la estructuración de EH Bildu, sobre la funciones de Sortu y sobre las próximas elecciones municipales y forales. Entrecomillamos lo de «debate» porque sus resultados fundamentales ya han sido adelantados en Gara el pasado 27 de julio de 2014 en el artículo «Nessun dorma!».

Obviando las muy escasas diferencias de matiz que algunas veces aparecen en estos textos y opiniones ampliamente difundidas y que apenas se enfrentan a la crítica teórica, sí podemos extraer de ellos las siguientes ausencias fundamentales: no se sustentan en una definición del capitalismo mundial, es decir, no aparece en ellos una mínima referencia radical al modo de producción capitalista como modo objetivamente estructurante de la realidad y de la formación económico-social vasca, o Euskal Herria a comienzos del siglo XXI. No entran al problema crucial de la propiedad privada de las fuerzas productivas, es decir, huyen de la pregunta que alienta al independentismo socialista: ¿de quién es Euskal Herria? No definen las estructuras de poder, es decir, los Estados ocupantes y sus agentes colaboracionistas apenas aparecen en los textos, o están ausentes. No definen las clases sociales y sus intereses antagónicos, es decir, gran burguesía franco-española, medianas burguesías regionalistas y autonomistas, pequeñas burguesías empobrecidas, y pueblo trabajador machacado. No definen la complejidad del pueblo trabajador, el sujeto colectivo que puede materializar un programa vago. No establecen ninguna interacción entre los objetivos históricos, la estrategia destinada a conseguirlos, y las tácticas mediante las que se materializa esa estrategia, es decir, no hay lógica histórica. No se desarrolla la dialéctica entre el socialismo y la independencia nacional, peor, el término «socialismo» apenas aparece. 

Se dirá que tales ausencias son comprensibles porque la izquierda abertzale clásica no puede imponer una estrategia radical al resto de fuerzas reformistas con las que ha establecido una «alianza estratégica». Esta excusa sería un argumento si la izquierda abertzale histórica tuviera una estrategia revolucionaria en el presente, la hiciera pública, la explicase entre su amplia militancia y si la concretase en medidas tácticas. Si dispusiera de esta visión en perspectiva entonces sí podría aplicar con ciertos aliados otra política simultánea más «suave», menos radical para atraer con el ejemplo sectores populares indecisos, confusos, ganándolos con el ejemplo y demostrándoles que hay que avanzar en medidas más radicales y activas. Una política táctica en ayuntamientos, diputaciones, etcétera, que estuviese justificada por la estrategia asumida por la militancia. Una política táctica con autonomía de aplicación aunque supeditada en última instancia a la estrategia general de la izquierda. 

Pero no existe tal estrategia. Más concretamente: ¿qué es una estrategia en la Euskal Herria actual? Es la plasmación práctica a medio y largo plazo de la concepción teórica elaborada tras un estudio riguroso de las contradicciones que estructuran a nuestro pueblo, elaboración teórica que debe estar en permanente (re)elaboración, y que debe ser revisada siempre que se produzcan cambios importantes en el sistema capitalista. Considerando los documentos disponibles, la izquierda abertzale carece de esta concepción teórico-estratégica que engarza las tácticas inmediatas con los objetivos históricos irreconciliables. La línea decidida en el «debate» pasado no es una estrategia teórico-política sino meras tesis de renuncia al pasado, que no tienen sustento teórico e histórico alguno, y unas declaraciones de principios reformistas con bases neokantianas cuyo único efecto es una hilarante euforia en los Estados español y francés, y un doloroso desconcierto en la militancia revolucionaria abertzale. 

Desarrollar una estrategia teórico-política es imposible sin el desarrollo de la teoría de la verdad arriba expuesta, lo que inevitablemente nos devuelve al problema de las relaciones de la casta intelectual y académica con el partido revolucionario de vanguardia. Si este segundo no existe, o está debilitado o enmudecido, entonces van imponiéndose las tendencias reformistas inherentes al intelectualismo progre, positivista y posmoderno. Veamos dos ejemplos: uno, el llamamiento público de EH Bildu a participar en el debate destinado a concretar la campaña municipal se mueve dentro del «ciudadanismo», tópico burgués que oculta la lucha de liberación nacional de clase, primer requisito para su posterior negación; y, otro, las declaraciones de un representante de una de las fuerzas socialdemócratas de EH Bildu planteando la posibilidad de acuerdos con Ahal Dugu (Podemos), lo que nos devuelve a la cuestión decisiva de la existencia o no de una estrategia teórico-política que integre los acuerdos tácticos con colectivos reformistas como es Ahal Dugu: el grueso de la militancia de Sortu se entera por la prensa de que son posibles acuerdos tácticos, pero careciendo aún, como Sortu, de las bases estratégicas y teóricas discutidas en el debate fundacional, que siguen sin ser publicadas tras casi dos años transcurridos. 

En definitiva, la izquierda abertzale histórica carece de una concepción teórico-estratégica que dé coherencia a las alianzas tácticas con organizaciones y grupos oficialmente reformistas, como EA, Aralar y Alternatiba, precisamente en un momento histórico caracterizado por una crisis sistémica de una gravedad mundial nunca antes vista. Desde la perspectiva de este texto, los puntos mínimos necesarios y urgentes que deben ser debatidos para crear dicha estrategia revolucionaria son los que no aparecen en los documentos citados arriba, a saber y dicho de forma positiva: 

Primero: definir el capitalismo mundial actual, sus contradicciones esenciales y la agudización de otras que anteriormente estaban en ciernes, latentes. Segundo, definir cómo ese capitalismo se materializa ahora mismo en Euskal Herria, en la formación económico-social vasca. Tercero, definir de quién es Euskal Herria, a qué clase social pertenece, o sea, precisar la cuestión de la propiedad de las fuerzas productivas. Cuarto, definir las estructuras de poder, los Estados ocupantes y sus agentes colaboracionistas. Quinto, definir las clases sociales antagónicas, gran burguesía franco-española, medianas burguesías regionalistas y autonomistas, pequeñas burguesías, pueblo trabajador y clase obrera. Sexto, definir la complejidad del pueblo trabajador y los sectores no proletarios con los que hay que aliarse. Séptimo, definir la estrategia que engarce los objetivos históricos con las tácticas concretas. Octavo, desarrollar la dialéctica entre el socialismo y la independencia nacional y precisar lo elemental del socialismo independentista. Noveno, definir la estrategia internacionalista del independentismo socialista. Y décimo, definir la forma organizativa de vanguardia necesaria para desarrollar los nueve puntos anteriores. 

La verdad es siempre revolucionaria porque penetra en el interior de estos diez puntos, los sintetiza en una visión teórico-estratégica y la lleva a la práctica diaria mediante una organización formada por militantes comunistas -por ello mismo independentistas- escogidos entre las mejores personas por sus cualidades éticas y políticas, por su formación teórica, por su espíritu crítico y por su autoconciencia euskaldun y nacional de clase. 

Mientras que la izquierda abertzale histórica pierda el tiempo sin concretar estas necesidades imperiosas, el imperialismo franco-español dispondrá del tiempo y de la iniciativa suficiente como aplicar sus estrategias, siempre con el apoyo directo o indirecto de las diversas burguesías que residen en Euskal Herria. 

Fuente: http://www.matxingunea.org/media/html/rekabarren_egia_beti_iraultzailea_da_eus_es.html#d5e46

Martes, 19 Agosto 2014 18:12
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En España permanecen desaparecidas más de 130.000 personas, existen más de 2.500 fosas comunes por exhumar y hay decenas de miles de niños robados que esperan verdad, justicia y reparación; son víctimas de la dictadura franquista. Estos datos convierten a España en el segundo país en el mundo en número de fosas comunes, detrás de Camboya. Hechos que pueden ser constitutivos de crímenes contra la humanidad, quedan impunes, al no investigarse por la Justicia española.

En más de 30 países se han creado ‘comisiones de la verdad’. Son organismos oficiales, temporales, no tiene carácter judicial y se ocupan de constatar hechos, investigar abusos contra los derechos humanos, incluidos los crímenes contra el derecho internacional, y determinar la verdad. En un informe final recogen los resultados de la investigación y se formulan recomendaciones. En España es llegada la hora de que se establezca una Comisión de la Verdad.

La Comisión de la Verdad que se ha de constituir deberá identificar las violaciones contra los derechos humanos cometidas durante la guerra civil y el franquismo, sus víctimas y los responsables de los hechos. FIBGAR —fundación privada de carácter social, sin ánimo de lucro—, que promueve los derechos humanos y la jurisdicción universal, que lucha contra la impunidad, en defensa de las víctimas y sus derechos a la verdad, la justicia y la reparación, está promoviendo la creación de esta Comisión.

Según Amnistía Internacional, todas las víctimas de genocidio, crímenes de lesa humanidad, de guerra, tortura, ejecución extrajudicial y desaparición forzada, tienen derecho a saber la verdad. En España, se están violando los derechos humanos sin que a las víctimas se les esté haciendo justicia ni reparado. Obtener la verdad sobre los crímenes es vital para que las víctimas directas conozcan los extremos de los crímenes de que han sido objeto, las razones que los motivaron, y que se reconozca públicamente su sufrimiento. La verdad es necesaria para que los familiares, especialmente de víctimas de homicidio o de personas desaparecidas, averigüen qué les ocurrió a sus seres queridos y conozcan su paradero. La verdad es necesaria para que la sociedad afectada conozca las circunstancias y las razones que llevaron a que se perpetraran las violaciones, de modo que adquieran garantías de que no va a repetirse.

Hagamos memoria histórica: durante la guerra civil y el franquismo se cometieron crímenes de guerra, contra la humanidad, torturas, ejecuciones extrajudiciales y desapariciones forzadas. Hasta ahora no se han establecido los hechos, el número de víctimas de tales delitos ni los autores y responsables de los mismos. Las víctimas del bando de los vencidos tienen derecho a que se conozca la verdad sobre lo ocurrido. Como consecuencia de la investigación abierta por la Audiencia Nacional, siendo titular del Juzgado Central de Instrucción número 5 Baltasar Garzón, se estableció la existencia de más de 130.000 víctimas de desaparición forzada, la existencia de más de 2.500 fosas documentadas y más de 30.000 niños robados.

En 2006, la Audiencia Nacional recibió varias denuncias de particulares y asociaciones de derechos humanos, todas ellas por presuntos delitos de detención ilegal, basadas en los distintos hechos, fundamentalmente por la existencia de “un plan sistemático y preconcebido de eliminación de oponentes políticos a través de múltiples muertes, torturas, exilio y desapariciones forzadas (detenciones ilegales) de personas a partir de 1936, durante los años de Guerra Civil y los siguientes de la posguerra, producidos en diferentes puntos geográficos del territorio español”. El 16 de octubre de 2008, el entonces juez Garzón, las admitió a trámite, imputó al régimen franquista por un delito de genocidio y ordenó que se investigaran los supuestos crímenes de lesa humanidad cometidos durante la época. Pidió que se identificara a los máximos responsables; solicitó la exhumación de cuerpos ubicados en fosas comunes; así como la toma de testimonios de víctimas y victimarios. Como en España no solo no se investigan determinados delitos, sino que se persigue a quienes denuncian, la Justicia no solo no investigó, sino que ordenó la apertura de un proceso penal contra el juez, por la querella interpuesta por las ultraderechistas Falange Española y Manos Limpias, por un supuesto delito de prevaricación, del que después fue absuelto.

De momento, con la sentencia del Tribunal Supremo del 27 de Febrero de 2012, se cerró, archivo y paralizó cualquier proceso que pudiera esclarecer y juzgar los miles de casos de desapariciones forzadas cometidos durante la guerra civil y la dictadura, quedando impunes y sin conocer la verdad jurídica de lo ocurrido. Según el alto Tribunal, los delitos que se pretendían investigar están amnistiados y han prescrito por la Ley de Amnistía de 1977, convertida en una auténtica ley de ‘punto final’. La ley, dictada durante la Transición, ha sido uno de los obstáculos para el enjuiciamiento de los supuestos crímenes contra la humanidad. Repetidamente, la ONU, Amnistía Internacional y Human Rights Watch han solicitado su derogación, interpretando que atenta contra los derechos humanos y es contraria al derecho internacional. En cualquier caso, una acción es la investigación de lo ocurrido, que no se investiga y habría que hacerlo, y otra abrir procesos de imputación contra los responsables de las desapariciones, los crímenes y su posible condena, que estaría por ver.

En 2007, la denominada ‘Ley de Memoria Histórica’, pretendió sentar las bases para cumplir de forma plena con el derecho a la verdad, la justicia y la reparación de las víctimas, pero lo cierto es que en la actualidad está sin efecto ante la ausencia de fondos y de voluntad política para aplicarla. El Grupo de Trabajo de Naciones Unidas sobre Desapariciones Forzadas, en su última visita a España, constató que no existe una política de Estado relativa a la búsqueda de desaparecidos, como tampoco una base de datos genéticos de familiares y un protocolo de actuación para las exhumaciones. A finales del mes de julio, este Grupo le ha dado al Gobierno español un plazo de noventa días para que asuma su responsabilidad en la investigación de los crímenes de la dictadura franquista, tome medidas y aporte los recursos necesarios para abrir las fosas comunes. Por su parte, la justicia argentina investiga los crímenes del franquismo sin que el gobierno de Rajoy le preste la más mínima colaboración.

Amnistía Internacional aboga por el establecimiento y el funcionamiento efectivo de las comisiones de la verdad cuando se han cometido crímenes contra el derecho internacional. En particular, la organización hace campaña para que las comisiones de la verdad centren su atención en las víctimas y defiendan el derecho de éstas a la verdad, la justicia y una reparación plena. Con este propósito, las comisiones de la verdad deben: esclarecer, en la medida de lo posible, los hechos relativos a las violaciones de derechos humanos ocurridas en el pasado; contribuir, con las pruebas reunidas durante sus trabajos al desarrollo de las investigaciones y actuaciones penales judiciales que ya estén en marcha y de otras nuevas, y formular recomendaciones efectivas para proporcionar una reparación plena a todas las víctimas y a sus familiares.

La Comisión de la Verdad que propugna FIBGAR para España debe investigar y determinar los crímenes que se produjeron durante la guerra civil y el franquismo, las víctimas y los autores de los mismos. Las víctimas tienen derecho a que se verifiquen los hechos y la revelación pública y completa de la verdad. La Comisión deberá, con un carácter integrador e independiente, acoger los testimonios, no solo de las víctimas que aún viven, sino también de testigos, expertos y victimarios. Deberá fijar, no solo la verdad histórica, sino la reparación personal y colectiva que se debe a las víctimas. Con ello, posiblemente, se conseguiría cerrar la herida histórica que aún sigue abierta.

Fuente: http://www.cuartopoder.es/tribuna/comision-de-la-verdad/6187

Martes, 19 Agosto 2014 18:09
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La política es un campo que se presta admirablemente a la hipocresía. No es el único, pero quizá sí sea el terreno en el que más se use.

Me explico iniciando con una definición de hipocresía en dos niveles. Todos tenemos una buena idea del hipócrita. Esa esa persona que busca dar una apariencia que no tiene, que persigue simular lo que no es. Hace esto con la intención de lograr algún objetivo de beneficio propio por medio del engaño a los demás. Ese es su rasgo natural, el engaño intencional.

Creo que es necesario distinguirlo del presumido, ese que también quiere dar una apariencia que no posee, pero que resulta inocente con respecto al hipócrita. Un presumido es más un vanidoso, un snob. El hipócrita es más profundo, más malévolo y torcido, alguien que busca no sólo aparentar sino engañar y mentir con esa apariencia.

Creo que esto es lo que merece una segunda opinión, la faceta del engaño del hipócrita. En la superficie, se entenderá rápidamente que el hipócrita busca engañar a los demás para de allí lograr un beneficio. Quiere hacer que los otros crean que posee alguna cualidad, la que sea, que en verdad no tiene. Es, al final de cuentas, un caso de fraude, de mentira. Pero hay mucho debajo de esa superficie de la hipocresía. Sí, todos entendemos que se trata de una mentira, de un engaño.

Pero hay otra posibilidad aún más aterradora. ¿Qué sucede si el hipócrita termina creyendo que es verdad lo que aparenta? Me refiero a eso de convencerse a sí mismo del engaño que hace a otros. Pongamos esto de manera sistemática. La hipocresía de primer grado es la que engaña a otros. La hipocresía de segundo grado es la que engaña a otros, pero también al mismo hipócrita, el que acaba creyendo cierta su mentira.

Un articulista venezolano, Edgard Perdomo A., decía en uno de sus escritos lo siguiente: por encima de las palabras y los conceptos, la batalla de las ideas no significa de manera alguna una consigna, sino que implica la total comprensión de los ideales de un pueblo en busca de su soberanía, independencia, paz y progreso.

Para muchos la batalla por la anhelada justicia social se ha convertido en una recia actitud de avanzar ante la vida misma. Abraham Lincoln decía: “Los poderes del dinero están sobre la nación en tiempos de paz y conspiran contra ella en tiempos de adversidad. Es más despótico que la monarquía, más insolente que la autocracia, más egoísta que la burocracia”.

Históricamente en la actividad política se ha comprobado que quien más utiliza los términos salvar a la patria del “régimen”, lucha a muerte contra la corrupción, la inseguridad en las calles, el alto costo de la vida de sus ciudadanos. Son los eternos politiqueros de siempre y los que más se han llenado sus bolsillos con el vil metal, a costa de los infelices ciudadanos que dicen defender.

Resulta paradójico y hasta incomprensible como en nuestro país, que pretende evolucionar hacia el desarrollo y ser una autentica expresión de la voluntad popular, todavía exista una casta de políticos que sigan pontificando sobre la demagogia cuando la “mediocridad filosófica” les brota por los poros, ante la mentira y la incapacidad manifiesta en el arte de gobernar.

La hipocresía política cuando se une al cinismo, siempre apunta hacia una complicidad manifiesta, ordenada y sociológicamente concertada, que repercute directa o indirectamente, en una práctica beneficiosa y no benefactora hacia el común de la gente.

El cinismo político implica por lo demás, la exaltación indiscriminada de la improbidad, de la práctica maliciosa y del doblez moral. Ocurre muchas veces que el político hipócrita no alardea de su incorrección, sino que siempre tiende al ocultamiento y a la circunspección cuando están al frente de los micrófonos y las cámaras de Radio y TV.

En cambio el cínico politiquero, presume mucho de lo que sabe: que es un impostor arrogante y pendenciero. Cada día con mucha indignación y, lo que es peor, con mucha indiferencia, buena parte de la ciudadanía de este país, que viven al margen de los círculos clientelares del poder, el nepotismo, el tráfico de influencias, el amiguismo, la falsa información privilegiada que pulula alrededor de alcaldías, ministerios, instituciones del Estado etc. son testigos del cinismo ramplón con el cual actúan buena parte de los políticos tanto del gobierno como de la oposición.

El cinismo, la hipocresía, la desvergüenza, la desfachatez, el descaro, la impudicia son los ingredientes corrosivos en el accionar político y son parte de la escuela filosófica socrática. Cuando el cinismo se junta con la corrupción. Entonces el deterioro afecta el cuerpo y el alma de la República.

Muy poco son los políticos que, cuando son criticados por los medios de comunicación, censurados por el pueblo o investigados por la justicia, intentan engañarlos o confundirlos, utilizando con frecuencia sus terminales mediáticos, para señalar que las críticas, en realidad lo que buscan es perjudicarlos.

José Martí decía: “Lo que un grupo ambiciona, cae. Perdura siempre lo que un pueblo quiere”. Por eso es que hay estar siempre en política con el: Veni, Vidi, Vinci con la ética y la moral siempre por delante. Porque hay una frase lapidaria que reza lo siguiente: “Los que hacen las revoluciones a medias no hacen más que cavar sus propias tumbas”.

Este lenguaje hipócrita y cínico, que tanto utilizan muchos políticos, es lo que más desacredita la política. El doble y falso lenguaje. Tanto el heroico como el salvavidas. No es necesario citar nombres -de aquí y de allí-, para no reducir a anécdota la categoría. Además, estos días están en la mente de todos.

Decir lo que no se piensa es cinismo puro. Proclamar como propio lo que no es más que una consigna de partido, es simple teatro. Defender lo que ya se sabe que no se cumplirá, constituye vil engaño.

El cinismo, la hipocresía y la mentira no son instrumentos honestos ni válidos para la gobernabilidad. La política -se repite- es el arte de lo posible, y de hacer posible lo que parece imposible. Pero no con artimañas engañosas e impuras. Las conductas y los medios innobles o sucios,corrompen los objetivos más nobles, los idealismos más legítimos y las ansias de estabilidad más necesarias.

Todo puede defenderse en democracia, pero con sinceridad y honestamente. No con engaños ni imposiciones, de ‘iure’ o de ‘facto’. No atribuyéndose la representación de todos, cuando sólo se cuenta con la de una parte, dividiendo así a una sociedad plural. Esto contradice el principio democrático de la buena fe y el respeto al otro. El mismo fundamento de la convivencia.

En situaciones de grave tensión, generalmente alentadas por intereses partidarios o posicionamientos temerarios, y en que el apasionamiento suele ofuscar la razón, no se repara en los medios, que se creen justificados por inmovilismos trasnochados, de unos, o por idealismos quiméricos, de otros. Estamos en una de estas situaciones, que casi nadie quiere, pero que demasiados se dejan llevar por la fuerza del viento, quizás de un viento soplado entre bastidores, con más o menos buena o mala fe, con ánimo redentor de espesas nieblas pero con consecuencias devastadoras.

Por esto es tan importante para la ciudadanía, para el pueblo llano, detectar bien y a tiempo el grado de cinismo, hipocresía o engaño de los discursos políticos, de todo signo, que pretenden perpetuarle inmerecidamente en el inmovilismo o arrastrarle en la aventura de la rebelión. El tráfico político tiene su código legal.

Todo lo anterior se menciona porque, a pocos días del “informe de los primeros cien días” del gobierno del Partido Acción Ciudadana, con Don Luis Guillermo Solís a la cabeza, han empezado a surgir y a aparecer en la prensa (la eterna complicidad de la prensa) personajes desprestigiados, sobre los que pesan acusaciones gravísimas: deshonestidad comprobada al recibir comisiones por ejercitarse en el tráfico de influencias, o participación culpable en la elaboración de estrategias tendientes para engañar al pueblo, como fue el caso del “memorándum del miedo”, cuando estábamos discutiéndolo del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos de América.

Solamente nos falta que el otro personaje, al que premiaron con una embajada ante la Santa Sede, nos venga ahora con actitudes devotas, invitándonos a un trisagio, rosario o rezo del niño, porque lo que es viacrucis lo hemos padecido todos los ciudadanos (excepto él, claro está).

Por otro lado, se cierne un manto de silencio sobre los grupos que llamamos “de oposición” que no augura nada nuevo. El cínico y el hipócrita conjuran primero en el silencio de sus guaridas, para luego salir pontificando a grito en cuello.

Y finalmente, se han dado ya algunas señales medio confusas, por no decir absurdas, del actual gobierno, como la ley que amplía los beneficios económicos que el Estado le otorga a la Iglesia Católica, hacia otras confesiones religiosas, cuando el compromiso era, precisamente, eliminar todo tipo de financiamiento a grupos religiosos, te cualquier confesión, respetando y protegiendo la libertad de culto, y estableciendo una cultura de respeto y consideración a quienes practiquen cualquier creencia, por más esotérica y absurda que fuese, pero distanciando el Estado de esas actitudes, y dejando que sean los propios fieles a estas creencias los que mantengan las actividades de devoción y otras en las cuales se encuentren involucradas.

Enviar semejante proyecto a la Asamblea Legislativa tiene dos interpretaciones: hipocresía ante quienes votaron mayoritariamente por este gobierno, porque creyeron en sus promesas, y aquí se incumple la primera; o cinismo, si es que se envía para darle muerte a semejante estropicio absurdo.

Pongámonos a pensar un poco, y no sigamos con esta actitud tan tica de “no hacer nada”. El pueblo habló con voz clara y fuerte, y cualquier desviación debe ser corregida de inmediato, mediante la protesta popular.

Martes, 19 Agosto 2014 18:05
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Hugo Martínez Abarca

Lunes, 18 Agosto 2014 11:13
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Sabino Cuadra

Lunes, 18 Agosto 2014 09:25
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Óscar Simón

Lunes, 18 Agosto 2014 09:20
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Juan Laborda

Viernes, 15 Agosto 2014 12:02
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Claudio Katz / Guillermo Gigliani / Jorge Marchini / Eduardo Lucita / Alberto Tezkiewicz / Julio Gambina / Jorge Sanmartino / Guillermo Almeyra / Martín Mosquera /Aldo Casas Julia Soul / Carlos Aznarez / Guillermo Caviasca /

Viernes, 15 Agosto 2014 09:42
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